Nuestra educación ha fracasado.
La educación ecuatoriana ha fracasado. La ética, la moral y el control de emociones son claves para lograr una educación de calidad.
Ramiro Alarcón Flor
4/15/20263 min read
Nuestra educación ha fracasado.
Hace muchos años, una Tribu africana había normado una prueba obligatoria. Los jóvenes varones de 18 años, debían aprobar un examen complejo en la que se jugaban -ellos y su familia- parte de su dignidad y prestigio. El reto consistía en internarse en la selva africana, sin llevar absolutamente nada, y dejarse ver por un león adulto, por una serpiente grande, y por un elefante. Los chicos contaban con siete días para cumplir el desafío; luego de eso debían rendir su informe al Jefe de la Tribu. Era todo.
Con una mirada profunda y segura, el joven africano de nuestra historia, se presentó al Jefe de la Tribu para recibir las indicaciones. Dio un abrazo a su madre y un apretón de manos a su padre, seguido de un “no defraudaré a la familia”. Miró con aplomo al Líder y cuando éste dio la señal, se internó en la selva junto a otros jóvenes, con fines de cumplir el reto y ser considerados parte de aquella comunidad. Nuestro chico sabía dónde estaban las manadas de leones, decidió ir primero por ellos. Esperó la noche y, desde un árbol los divisó perfectamente, luego comprobó que el león también lo miraba y que afortunadamente no quería atacarlo. Su corazón latió de alegría. Había pasado el primer escollo.
A la mañana siguiente, con la autoestima elevada, fue hacia los pantanos en búsqueda de la serpiente. Con pasos lentos y firmes se internó en sus dominios hasta que pudo mirar aquellos ojos amarillos atigrados que, junto a una lengua enorme y larga, lo recibieron sin hacerle daño. Pasó la segunda prueba.
EL chico estaba feliz. Para él ya prácticamente había superado el reto. “Los elefantes no te atacan si no les atacas” -se dijo. Esto hay que celebrarlo. Y pasó el resto de aquella tarde cantando, esperando el siguiente día para en la búsqueda de los elefantes.
Así lo hizo, pero ese tercer día no los halló. El cuarto día fue igual. El quinto comenzó a flaquear su espíritu porque no había elefantes en toda la comarca. Empezó a sentir un hambre atroz y su alma masticaba la amargura. Para el sexto día casi ya no pudo caminar. Al fin decidió regresar a la Tribu derrotado.
Cuando se presentó al Jefe de la Tribu, el chico lloraba. Mientras daba su informe las lágrimas se derramaban por su rostro juvenil. “No encontré elefantes” –dijo. He fracasado…
El Jefe de la Tribu al escucharlo, se levantó. Una mirada llena de luz iluminaba sus ojos. Abrazó al chico y le dijo: “claro que no había elefantes. Logramos sacarlos de nuestra comarca esta semana, antes de la prueba”. El joven se quedó lívido. El jefe continuó: “la prueba no era ver animales, la prueba era decir la verdad. Y tú has aprobado”. Y abrazándolo como un padre concluyó: “este día nuestra Comunidad se congratula porque tú te gradúas de hombre. El grado más alto al que pueda aspirar una criatura. Y lo haces porque sólo los hombres auténticos dicen la verdad. Bienvenido”.
Esta historia la escuché a Carlos G Vallés, un jesuita, hace muchos años. Sólo la ética te edifica como hombre. Mucho antes aún, el Carpintero de Nazaret gritaba: “la verdad os hará libres”.
Nuestro país vive actualmente una arremetida formidable de violencia. El narcotráfico, la delincuencia y el terrorismo han permeado la sociedad ecuatoriana y los resultados son evidentes. Nuestra educación ha fracasado. No hemos podido educar a nuestros hijos con ética y con valores. No les hemos presentado la Buena Nueva de Jesús, aquel Carpintero maravilloso que pasó por el mundo haciendo el bien, cuya vida se fundamenta en el amor como cimiento de una sociedad evolucionada. Por ello, muchos de nuestros muchachos, apenas inicia su adolescencia, o quizá antes, se obnubilan por el dinero y el poder y se subordinan a monstruos que los convierten en asesinos. Otros, por voluntad propia, hipnotizados por el vil metal aceptan pertenecer a estos grupos delincuenciales que roban y asesinan a nuestra gente. No los hemos educado en valores, no hemos llenado su vida de principios morales y éticos, ni les hemos transmitido a Jesucristo y su estilo de vida. Tampoco los hemos educado emocionalmente para que sean capaces de controlar sus instintos, su ira y su frustración. Nadie les ha puesto reglas y no hemos podido disciplinarlos ni educar su carácter. El resultado lo tenemos a la vista.
Las familias que no educan a sus hijos fracasan completamente y contribuyen al naufragio de la sociedad.
Aún estamos a tiempo.
